Papá Noel de vacaciones cerca de casa.

as férias de papai noel em navegantes
Ilustración: Claudine Bernardes

Cuando   yo era pequeña y los niños todavía volaban libres por las calles, buscábamos aventuras en cada rincón. Toda casa abandonada nos parecía un mundo desconocido, lleno de misterios por descifrar. Los descampados, que en el entonces abundaban, eran países lejanos donde soñamos viajar. Incluyendo la zanja (con aguas residuales) que corría detrás de casa, se convirtió en un caudaloso río en el que, un día, llena de buenas intenciones y tratando de ayudar a mi hermana pequeña a cruzarla, la tiré de cabeza. ¡Qué días aquellos!

Cerca de donde vivíamos había una casa vieja, rodeada de árboles, donde una vez Papá Noel vino a pasar las vacaciones. Él tenía la barba larga y una sonrisa amistosa. Cuando lo vimos supimos que se trataba del bondadoso viejito. La verdad es que nos pareció un poco raro, porque su piel no era tan clara y tampoco tenía las mejillas sonrosadas como vimos en la televisión. Pero, ¡sin duda esto tenía una explicación! De hecho, nuestra imaginación encontraba explicación para cualquier tema que no tuviera lógica. ¡La solución era simple! Era verano y estábamos en una ciudad de la costa de Brasil, por lo que era natural que Papá se tostara un poco. Había también otro problema, a nuestro Papá Noel le faltaba el barrigón. Sin embargo, para esto también había una solución. Recordemos que eran las vacaciones de verano y Papá Noel que estaba acostrumbrado al clima helado del Polo Norte, había sudado tanto en nuestra cálida tierra, que acabó por perder bastante peso. Pero la gran incógnita, lo que realmente no podía entenderse, y una respuesta que ni siquiera nuestra imaginación podría crear, era ¿por qué había elegido Navegantes como lugar de descanso? Sí, porque siempre pensamos que nuestra ciudad no estaba en el mapa. ¿Por qué teníamos este pensamiento? Es simple, siempre encontrábamos nuestros sensillos regalos, días antes de la Navidad, escondidos por la casa. Hoy, mirando hacia atrás creo que he encontrado la respuesta. Era natural que Papá Noel eligiera nuestra pequeña ciudad para pasar las vacaciones; casi nadie le reconocería ya que en Navidad él nunca se pasaba por allí.

navagentes santa catarina
Ilustración: Claudine Bernardes

Desde entonces se pasaron muchas navidades. Dejé de ser una niña corriendo por las calles de mi ciudad. En realidad, estoy muy lejos del lugar mágico de mi infancia. Pero todavía conservo la imaginación. Aún busco aventuras en castillos, princesas en torres y me pierdo en las mágicas calles de piedra.

castelos, torres , calles estrechas
Fotografía de archivo: Claudine Bernardes

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¿También eres un adicto al trabajo?

Cuando la vida te da un respiro, llena el pulmón de aire y sigue adelante.

Ilustración: Claudine Bernardes
Ilustración: Claudine Bernardes

Familia, casa, trabajo, estudios, perro, gato… todo requiere un poco de nuestro tiempo y cuando termina el día estamos exhaustos. ¿Nos hacen falta más horas durante el día? Bueno, posiblemente si tuviéramos más horas, llegaríamos al fin del día aún más cansados y frustrados. Pero, no es sobre eso que deseo hablar hoy.

Deseo hablar sobre aquellos raros momentos en que la vida nos deja respirar… una pausa dentro de la locura de nuestros días. Son como un “flash”, si no estás atento, o miras hacia otro lado (o con los ojos equivocados), el momento pasará sin ser percibido; peor aún, sin que lo vivas.

Me acuerdo que era una persona acelerada, adicta a la adrenalina del plazo final, dejaba todo para el último momento. Pensaba que todo lo que hacía era sumamente importante. Me decía constantemente: “¡Chica, el día es corto! No dejes vacío un minuto siquiera de tu día.” Siempre corriendo de un sitio al otro. Constantemente involucrada en un sin fin de actividades, tenía el pensamiento de que el mundo iba a colapsar si yo osara hacer un descanso. Hasta que… (y aquí me tomo un respiro para continuar) hasta que vine a hacer un master en España. ¡Fue un parón! Mi vida, que hasta el momento era una vuelta loca en montaña rusa, se transformó en un tranquilo paseo por un lago sin olas. ¿Como reaccioné al cambio? Me sentí horrible, como si fuera un delito tener horas libres durante el día; como si no estar súper, mega ocupada hiciera de mí una persona sin importancia. Recayó sobre mí una enorme apatía. Incluso el hecho de estar cerca de increíbles lugares para escalar, pedalear o simplemente caminar, que antes me motivaban, no fue suficiente para animarme. ¿Cual fue el resultado? Sufrí un ataque de ansiedad. Lo gracioso fue que pensé que me estaba muriendo. Mi corazón aceleró, no conseguía respirar… y de ahí adelante la cosa se desmadró… Fue así que, a los 27 años, me encontré en la consulta de urgencias con un ataque de ansiedad por falta de que hacer. Sería cómico si no fuera trágico. Leer más »